Cómo encontrar el amor en el Lago di Como

A menos de dos horas en tren desde Milán, el lugar dónde ricos y famosos tienen casas de verano me esperaba. El lago di Como, decían, es uno de los lagos más hermosos del mundo, al menos el mejor de Italia. Estando yo tan cerca, no podía dejar pasar la oportunidad.

Una vez más, la cosa no había ido de acuerdo al plan. En mi visión de meses atrás, el Lago sería una "escapada romántica" para celebrar cumpleaños, para celebrar la vida. El día que bajé del tren sabía que el día no tendría nada de romántico, lo que no me esperaba era que de hecho iba a ser una celebración de vida.

Así que caminen conmigo bajo un sol intenso, y acompáñenme a recorrer un poquito de las orillas del tercer lago más grande de Italia.


El pueblito de Como es uno de los múltiples pequeños poblados a orillas del Lago. Ahí es a dónde uno llega en la estación del tren.

Pedro, un chico del congreso había decidido acompañarme, y lo primero que hicimos fue recorrer la orilla de Como hasta donde nos fue posible.


Sin embargo, lo que yo realmente quería hacer, era tomar uno de los barcos - no recuerdo exactamente el precio, pero no son caros-, que te llevan de pueblito en pueblito -como turibus- y tú puedes escoger bajar en algunos y después tomar el barco de regreso a Como.


Yo tenía en la mente Bellagio, que dicen, es el más bello entre lo bello. Así que emocionados, mirábamos desde la borda el paisaje y cada uno de los muelles en el que el bote se detenía.


Varias paradas pasaron cuando nos dimos cuenta que el bote iba de regreso. Y Bellagio? ah, lo sentimos, no vamos tan lejos, sólo los pueblitos más cercanos.

Pff, casi me da algo, había dejado pasar la oportunidad de bajar en tantos lugares prometedores en busca de "EL" lugar. Pero no hubo problema, nos dijeron que mientras no estuviésemos en Como, podíamos aún bajar y tomar algún otro bote para hacer el recorrido de nuevo.


No me lo dijeron dos veces. Hola mini belleza entre las colinas verdes, hacia tí voy.


En poco tiempo, Torno nos recibía.


Con su pequeño y encantador muelle, lleno de lanchitas coloridas.



Y sus callejuelas empinadas y estrechas que conducían a todas y a ninguna parte. Porque para ser francos, Torno es una belleza en miniatura, no hay muchísimo por recorrer.


Todavía bajamos en algún otro pueblo y caminamos de nuevo entre callecitas llenas de curvas. Pero el tiempo había pasado volando, y yo como Cenicienta, tenía una restricción de tiempo: A las 6 de la tarde cerraban el puesto de revistas de la estación de trenes en Como.

Y es que al parecer, yo todavía creía en la humanidad, pues cuándo al preguntarle a la señora que atendía el puesto por un lugar para dejar equipaje, ella se ofreció a cuidarlo a condición de que regresara antes de las 6pm y que le diera una propina, no dude. Hecho.

Y aún quedaba algo que quería hacer en Como sin llevar la mochila acuestas. Vista desde el Funicular! Ahí estaba yo y mi obsesión por encontrar puntos altos que me dejen ver "la pintura completa".


Fue una vista bella. El sol pegaba con fuerza y nosotros no sólo estábamos sedientos, sino también hambrientos y ya casi daban las seis. Disfrutamos tanto como pudimos de las alturas y tuvimos que despedirnos de la vista de águila.


No sin encontrar antes: a) una pequeña placa conmemorativa dedicada a Alessandro Volta, el hijo más ilustre de Como -la ciencia me sigue!!!-. b) dos niñitos corriendo colina abajo hasta llegar a los brazos de su padre, lo que me hizo sonreír muchísimo y gritarles sin pensar "foto, foto!" a lo que cómo pueden ver, no se negaron. 

Y de nuevo a nivel de piso, c) una hermosa terraza para comer :)


Después de una lenta comida, Pedro y yo regresamos al tren dejando atrás la orilla de Como. Él regresaría a Milán y yo bajaría en la siguiente estación, aún en Como, donde mi recóndito hostal me esperaba. Adiós Pedro, gracias por todo, de aquí en adelante me toca estar finalmente sola.

Bajé de la estación y no sabía exactamente que debía hacer. Le pregunté a una chiquilla por la calle que debía encontrar y me sorprendió muchísimo ofreciéndose a caminar conmigo hasta dicho lugar. Qué diablos? No se suponía que los italianos eran mala onda? Hmm, primero la señora del puesto de revistas, y ahora esta chica, tal vez no podía juzgar un país por la actitud de algunos habitantes de una ciudad determinada.

Una vez en la calle indicada, seguí un camino que en teoría sería sencillo -y que lo fue- y esperé a que el gerente -y multiusos- del hostal me recogiera. Porque mi hostal era el Eco-Hostal Cascina Respaù, sin acceso en auto -excepto el del hostal-, y en medio de una reserva natural. 

Que belleza de lugar! El edificio parece una pequeña casita antigua rodeada de árboles. Es tan acogedor, y sí, bonito, a la vez cuenta con todos los servicios, Dios, pocas veces me sentí tan enamorada de un hostal -corrección, creo que nunca me he sentido enamorada de un hostal antes, o después de este-. 

Después de instalarme, pregunté al gerente -un chico de rastas super amable- si era posible alcanzar la cima de la montañita -el hostal está en la pendiente-. Y él me dijo que sí, que sólo había que seguir un camino y encontraría un mirador. 

No se dijo más. Salí a explorar.


Salí a salir, salí a alejarme, salí a estar tan sola como pudiese. A penas tomé los primeros pasos empecé a llorar. A dejar que las lágrimas fluyeran como suelen hacerlo, libres y caudalosas. Dejé que los gemidos también escaparan. Había pasado exactamente una semana desde que me había dicho que estaba saliendo con alguien más, que estaba aprendiendo como no se lo imaginaba, que sus sentimientos eran genuinos, que ahora sabía lo que buscaba y lo que no. No hacía más que dos semanas que había terminado conmigo y ya salía con alguien más. Y yo había estado primero en un avión, después en un hostal, en un congreso, en todos lados, siempre rodeada de gente. Y recordemos, que en ese viaje finalmente había entendido que era una adulta, y los adultos no lloran a mitad de la calle, frente a desconocidos. 


Pero ahora entraba a casa, el bosque me acogía, el viento soplaba y había sonidos de aves. Seguro que la naturaleza entendía que no quería que nadie me oyese llorar y camuflaba mis lamentos con sus sonidos de armonía.

Llegué a la cima y quise sentarme a llorar. Tenía un plan, quedarme ahí hasta que estuviese seca. Quería desahogarme, estaba cansada de controlar tanto dolor. El hombre al que le acababa de decir que era el amor de mi vida me termino a pocos días de que le dijera algo tan importante, y salía con alguien más. Todo en dos semanas. Quería desintegrarme.

Consciente y lógicamente quería hacerlo. Y sin embargo no pasó. El esfuerzo de llegar a la cima, la belleza del paisaje que era sobrecogedor, por decir lo menos, me habían hipnotizado. Casi creo que me estaba forzando a poner el dedo en la llaga, "obviamente" lo mejor era llorar, pensaba.

Pero no pasaba, no se sentía natural como suele serlo. Fue sumamente extraño, estaba tan tranquila, tan en calma que era irreal. Me sentía completa de una forma que no puedo explicar, y no me refiero a "soy una mujer fuerte e independiente que no necesita a un hombre, blablabla". No. Me sentía completa como un ser vivo, como una energía, como algo elemental que forma parte de algo muy grande, de algo infinito, de algo hermoso.



Saqué mi cámara de mi bolso y  tomé unas cuantas fotos, porque también era cierto, soy una mujer fuerte e independiente que no necesita un hombre Y que no sentía ningún miedo ni culpa por tomar fotografías de un momento místico. No tenía que pedir aprobación, no tenía que dar explicaciones. Sólo estaba yo, y se sentía tan bien.


Sin funicular había encontrado la mejor vista de Como completamente para mí. Me senté y dejé que los ojos se me llenaran, que mi espíritu se alimentara y que mi corazón volviera a latir a su ritmo.


La naturaleza fue generosa con sus colores, con su clima, con sus expresiones de amor.



Sabía que me encontraba en una burbuja, que en algún momento regresaría al mundo normal, que aún tendría que batallar con mis sentimientos y que no iba a ser fácil, pero que iba a seguir, como tantas veces, como siempre. Había algo en mí más fuerte que mí misma, o mi idea de mí misma.


Oscurecía cuando escuché ruidos, un viejito empleado del hostal apareció. Me dijo que el gerente se había preocupado por mi tardanza y lo había enviado a buscarme. Bueno, eso fue lo que entendí, porque el viejito no hablaba más que italiano. Yo como pude le quise decir que no se preocupara, que yo regresaría más tarde, pero él no se movió. Entonces lo invité a sentarse a mi lado y contemplamos el paisaje juntos aún por unos 15 minutos más. 

El viejito me preguntó si estaba sola, ¿dónde estaba mi amoroso? yo moví la cabeza negando, no amoroso. Él me sonrió y dijo algo que recuerdo como "tu eres una cosa bella, yo soy tu amoroso".


Aquel viejito daba voz a una emoción o a un pensamiento que se sentía como intuición, no era mentira lo que dice la canción, "el amor está en el aire". Esa tarde en la cima lo sentí como no recuerdo antes, era ese amor que fluye entre todo, tal vez no se llame amor, tal vez sea energía, pero fluye omnipresente en el infinito, en la eternidad.

Oh, mi día no podía haber tenido un final más romántico.

Los amo, mis amorosos

Pris

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