De actos de fe desde el Duomo de Milán
¿Qué más daba que fuera la quinta catedral más grande del mundo?
¿Qué importaba que su construcción haya comenzado en la edad media y aún continue?
¿Por qué impresionarse de que Mark Twain (escritor de Tom Sawyer) quedase tan embelesado con ella que le parecía imposible que fuese catalogada como la segunda más bella del mundo, si para él era la primera?
Al parecer a todos parecía importarles. Tal vez por eso el policía que resguardaba la entrada por donde acceden los creyentes no confió en mí cuando le dije que quería rezar. Tal vez por eso me mandó a hacer la fila para los visitantes.
Sin embargo, no había mentido, no era su fama lo que me llamaba, lo que yo buscaba la primera vez que entré al Duomo de Milán, era un poco de fe.
La fe, dicen, es confianza. Es creer en algo que no puedes ver.
Y yo me sentía tan vulnerable después de haber andado a ciegas y encontrarme con que al saltar, los brazos que creí me recibirían se habían ido, que me negaba a volver a cerrar los ojos.
Pero no me gustaba esa sensación, quería creer. Confiar en que a pesar de todo las cosas mejorarían.
¿No es ese un acto de fe? No tenía ninguna base, los hechos en realidad mostraban lo contrario, pero necesitaba aferrarme a que si seguía existiendo, en algún momento la vida regresaría.
Era domingo, la misa había comenzado. Yo me senté a rezar, a pensar, a llorar -que aunque no quería, alguna lágrima encontró su salida-, y a mirar.
Entonces me di cuenta de algo. No necesitaba cerrar los ojos. Estaba ahí, entre los muros que miles de hombres habían contribuido a alzar. Rodeada por las columnas que sostenían los imposibles arcos, los detallados vitrales, las expresivas pinturas e intrincadas decoraciones. Días, años, siglos. En cada uno hombres trabajando por algo que no podían ver. Por algo que no existía más que en sus mentes, o en los planos de alguien más. Trabajando por necesidad, por tradición, por pasión.
Por fe.
Las catedrales, los templos en general, fueron diseñados para la alabanza de Dios, con el objetivo claro de mostrar Su grandeza y lo pequeños que somos nosotros, simples mortales. De alguna forma, fue precisamente ese el efecto que me ayudó a volver en mí.
Estar en semejante templo me acercaba a Dios, sí, pero sobre todo me daba perspectiva ¿Qué era un corazón roto comparado con la vida de tantos hombres? ¿cuáles habían sido las penas de aquellos constructores? ¿cuántos fieles habían venido aquí a pedir soluciones?
De pronto, mis males no eran tan grandes.
Con los ojos abiertos, reconocí que las cosas de hecho ya habían mejorado instantáneamente. Acababa de reconocer que estaba rodeada de belleza. Y ya lo saben, yo soy una declarada amante de ésta.
Aquel policía debe tener experiencia, la persona que dijo "sólo quería rezar", después de hacerlo, se transformó en admiradora. Mi fila siempre fue la de los visitantes.
En una segunda visita, fueron las alturas, las terrazas y los techos los que me llamaron.
Les dejo unas cuantas imágenes en blanco y negro de las alturas del Duomo -que por alguna razón, así me parecieron que se expresaban mejor-.
La fe, la confianza ciega me había vuelto a través los ojos. En algo podía creer: pasara lo que pasara, siempre habría algo en mi camino que me hiciera maravillarme.
Ese era motivo suficiente para cambiar mi existencia por mi vida.
En un acto de fe, los quiere,
Pris

























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